Sinsao trotaba por las
estepas de Toledo. El aire empezaba a ser fresco y la figura que montaba sobre
el bello corcel negro iba encapuchada mientras su larga capa granate se
ondulaba al aire. El cielo comenzaba a tornarse ya de un tono escarlata, pronto
oscurecería.
Entrando ya en las
fronteras de Toledo las laberínticas calles de la ciudad empezaban a vestirse
de luces de fuego que alumbraban muros de piedra con un color dorado o quizás
un árbol de azahar cuyo aroma perfumaba toda la zona.
Bajándose del caballo,
Azar acarició su hocico con su piel ligeramente oscura. Cogió las riendas y se
encaminó en busca de una posada donde pernoctar. Ató las riendas en un poste y
entró a la posada empujando la puerta con el hombro derecho. El antro apestaba
a alcohol y sudor. Los hombres se agolpaban unos contra otros en las mesas
bebiendo y apostando a las cartas mientras una mujer de amplio escote y rasgos
redondos llevaba bandejas y jarras de un lado para otro y limpiando de vez en
cuando algunas mesas con su sucio delantal. Los oscuros ojos de Azar dieron un
rápido vistazo a la sala y se acercó a un hombre barrigudo que servía platos.
-¿Con quién debo
hablar para pedir asilo esta noche?- Preguntó.
-¿Cuánto tiempo se
quedará?- Preguntó el hombre respondiendo a la pregunta y vertiendo un cucharón
de estofado en un vasto cuenco.
-Con una noche
bastará, tengo mi caballo fuera, ¿tenéis cuadras?.
El hombre miró hacia
la puerta como si pudiera ver a través de ella, después volvió a concentrarse
en el estofado.
-! Juan!¡ Ocúpate del
caballo de este joven y llévale a una de las habitaciones!
Azar sonrió
ligeramente al ver al curioso chiquillo de cabello engrescado y ojos verdes que
asomó la cabeza por una tosca puerta. El niño se aligeró en salir a por el caballo
y volvió rápidamente para enseñarle la habitación al forastero.
-¿Viene de muy lejos
señor?-Preguntó el chico tímidamente a Azar.
-Si chico, de muy
lejos.
-¿Ha estado alguna vez
en tierras moras?.- Siguió preguntando el niño mientras se paraba delante de
una puerta para abrirla con llave, Azar penetró en la estancia sin contestar y
se quitó la capucha, se giró sonriente hacia el chico y le dio una moneda.
-¡Gracias mi señor!
Pero...
-Quizás-Acabó
contestando a la pregunta que le había echo anteriormente.
-Muchas gracias, que
pase buena noche señor.
Sin más la puerta se
cerró. Azar encendió una vela y la depositó en la mesita. La habitación era
tosca, pero no necesitaba nada más. Dejó su zurrón en el suelo y cayó a la cama
de golpe. Se quitó las botas de cuero y dejó caer el arco y las flechas cerca
de la cama.
Hundió sus pies en las
sabanas y calló sumido en un profundo sueño reconfortante.
Los pasos en la
escalera significaba que alguien bajaba al comedor. Las ollas ya empezaban a
funcionar y la joven desaliñada de anoche volvía a tener el pelo recogido en un
moño trenzado y el delantal limpio. Azar tomó asiento en una mesa a la esquina,
debajo de una ventana que daba a la calle. Pronto la chica le trajo un cuenco
de leche con miel y un mendrugo de pan.
-Buenos días señor, le
sirvo el desayuno.- Acto después dejó los platos sobre la mesa. Un hombre entró
con mirada lúgubre e ida.
-Serafín, ¿qué ha
pasado? ¿Por qué esa cara?-preguntó el posadero.
El recién llegado miró
al posadero con cara de asombro.
-¿No lo sabes aun
Guillermo? Han suspendido la misa de la tarde, todo el pueblo está
conmocionado, al parecer han... han robado algunos códigos muy valiosos.
Todo el movimiento en
la sala se paró de golpe y los rostros de los presentes se tornaron blancos
cual la leche.
-Pero…Robar... en el
monasterio... imposible que alguien haya osado hacerlo.
-No, los es, los
monjes también están conmocionados, es, es algo que nunca había pasado, y que
nadie creería que pudiera pasar.
Azar escuchaba atento
todo lo que ocurría mientras sorbía la endulzada leche. Se levantó cuando vio
que no comentaban nada interesante y que los hombres se dedicaban a discutir
que había ocurrido según ellos. Se dirigió hacia su habitación subiendo de
nuevo las escaleras, al final de las cuales una carita pecosa se asomaba entre
los barrotes de la barandilla. Azar se sentó junto al muchacho y le dijo:
-¿Qué crees tú que ha
pasado?.- El niño contestó sin dejar de escudriñar la escena que allí abajo se
estaba desarrollando.
- Quizás el que robó
el libro solo quería saber más cosas, o quizás es que los monjes se han
aburrido de decir siempre la misma misa.
La forma en la que el
niño veía las cosas pareció divertir a Azar pues el sentía también curiosidad
por parte del individuo que podría haber robado los escritos.
-Juan, ¿te gustaría
ayudarme a conocer al responsable de semejante osadía?- Dijo Azar mientras le
tendía la mano al chico en ademán de cerrar el trato. El niño vaciló pero acabó
estrechándole la mano.
-Muy bien, entonces
socios. ¿Dónde queda el monasterio Juan?- el chico se alzo sonriente excitado
por la pequeña aventura que iba a tener.
-No está muy lejos de
aquí, al cruzar algunas calles, te acompañaré.
Azar no negó la
invitación y subió a su habitación a por el arco y la flechas pero en el último
momento los dejó <<Llevar un arma tan visible no es la mejor manera para
ser bien recibido en la casa de Dios>> pensó y optó finalmente por una
daga que introdujo en su bota. Se ajustó un poco más la capa que siempre
llevaba puesta y junto a Juan salieron de la posada en pos del tan hablado
monasterio.
Llegaron hasta la
imponente construcción cerrada a cal y canto. Azar se aproximó hasta el portón
y llamo, pero nadie le contestó; volvió a intentarlo pero no ocurrió nada más
interesante que la primera vez.
-Parece que no quieren
tener visitas, será mejor que volvamos más tarde.-sugirió Juan pero Azar negó y
volvió a llamar al portón.
-Solo una vez más.
Entonces unas voces se
escucharon en el interior de la construcción y un hombre con hábito y rasgos
singulares salió a la puerta:
-Por lo que veo no ha
entendido la indirecta, hoy no hay visitas.-Dijo malhumorado el monje de ojos
pequeños y nariz aguileña. A sus espaldas dentro del monasterio otro chico al
parecer un novicio llevaba libros de un sitio a otro de forma nerviosa y
haciendo caer algunos al suelo. El monje que los había recibido se dio cuenta
de la intención de Azar por ver lo que sucedía dentro del monasterio y se puso
en medio de la puerta para impedir que pudiera seguir inspeccionando:
-Ejem, ¿Por qué ha
venido hasta aquí joven? ¿Necesita algo o solo ha venido a olisquear?
-Estoy de visita y he
escuchado maravillas de este monasterio, ¿podría visitarlo?- Mintió Azar, sin
embargo pareció que el monje lo
creía.
-Siento que después de
viajar no pueda apreciar las sin duda esplendorosas reliquias que aquí se
guarda, aunque algunos se atrevan a-aa... lo siento estamos teniendo problemas
últimamente y le agradecería que se marchase.
-Seguro que algún
novicio estará dispuesto a hacerme una pequeña visita por la cual podría dar
una pequeña contribución económica, por favor mi buen señor... ¿Cuál es su
nombre si me permite la osadía?
Azar sabía que ya tenía
el duelo ganado y se dirigió a Juan para guiñarle un ojo, el chiquillo se fue
corriendo y Azar volvió a dirigirse al monje, cuando este estaba apunto de
contestar un sonido de objetos cayendo provino del interior del monasterio. El
monje se dio la vuelta deprisa y pudo ver como el novicio que trasportaba
libros los había echo caer todos al suelo.
-¡Pedro, por el amor a
Dios!, ¿cuándo dejarás de ser tan patoso?- Exclamó el monje y volvió a prestar
su atención en Azar:
-Mi nombre es Anselmo
y de acuerdo, puesto que insiste tanto en conocer el monasterio Pedro le guiará.
Anselmo penetró en la
sala principal del monasterio donde Pedro recogía los libros con manos
temblorosas.
-Pedro, acompaña a
Azar en una visita por el monasterio. -Le dijo Anselmo, el joven terminó de
coger todos los libros y se levantó. El monje se retiró y Azar pudo ver como
Pedro miraba con recelo al monje. Intentó girarse para ver a Azar y los libros
que llevaba se tambalearon peligrosamente, Azar se apresuró en ayudarle a sostenerlos.
A primera vista Azar parecía mucho más débil que el chico, pues era alto y
delgado, sin embargo el novicio parecía bastante fuerte para ser un monje.
-Gra-gracias.-dijo el
novicio.- ¿Por qué ha venido?-Preguntó mientras avanzaba a través de los
pasillos del monasterio buscando el lugar donde dejar los libros.
-He oído muchas cosas
a cerca de este monasterio. - volvió a mentir Azar, pero esta vez el chico lo
miró como si le sorprendiera.
-¿En serio?-Preguntó
sin creerlo pero al final cedió.- Es extraño la verdad, aquí lo único
interesante es el escriptorium.
Azar pensó rápido:
-Sí, me interesó desde
el principio el trabajo que hacen los copistas. ¿Podría verlo?
Azar sabía que si
conseguía entrar en el escriptorium quizás podría averiguar algo.
Juan avanzaba dando
saltos a través de las calles de la ciudad, estaba deseando saber si Azar había
descubierto algo interesante. Llegó a las afueras de la ciudad, a un verde
prado llano en el que algunas florecillas amarillas empezaban a nacer. Se tumbó
bajo la sombra de uno de los pocos árboles que allí había y contempló el cielo
con algunas nubes. Escuché el galope de unos caballos y levantó rápidamente su
curiosa mirada, uno era majestuoso y era montado con elegancia por un hombre de
pecho ancho y frente despejado, sin embargo, el segundo corcel, más encabritado,
lo montaba un chaval de pelo pelirrojo y dificultades en el manejo del animal.
Juan se puso totalmente de pie pensando que quizás esos hombres fueran a la
posada de su padre y estaba dispuesto a acompañarlos por unas monedas. El
primer corcel montado por el hombre se paró justo a su lado.
-Eh, chico ¿sabes
dónde queda el monasterio?- Preguntó, tenía unos ojos extremadamente azules y
resaltaban junto a su oscuro cabello negro.
-Por supuesto señor,
pero hoy no aceptarán visitas.
-Lo sé, pero
insisto.-Hizo hincapié el hombre.
-Si gusta puedo
enseñarle el camino pero no creo que lo quieran recibir...
El hombre bajó del
caballo, era más alto de lo que Juan creía. Cogió las riendas del caballo y su escudero (el
chico de cabello pelirrojo) lo imitó, mientras agarraba su zurrón con ademán
protector.
-¿Así que este es el
escriptorium?-Preguntó fascinado Azar ante la gran cantidad de libros que allí
se guardaban. Había tenido que pasar varios corredores y puertas que estaban
bajo llave por lo que supo que el que había robado debía de ser una persona muy
astuta.
-Sí, aunque ahora
mismo estamos llevándonos los libros más importantes a la sala de... -De
repente Pedro calló y se mordió la lengua, había hablado demasiado.
-Tranquilo, se lo que
ha pasado, es normal que queráis poner estas reliquias a salvo.
-Sinceramente yo veo
coherencia a la persona que ha robado el libro...-Pensó en voz alta Pedro, de
alguna manera sentía que aunque no conociera a Azar algo le decía que podía
confiar en el.- Los libros son algo… Maravilloso, y poca gente puede tener el
lujo de tenerlos al alcance...
Sin darse cuenta Azar
estaba sonriendo, pasó la mano con sumo cuidado sobre un libro abierto en el
que una miniatura de una dama estaba a medio terminar y dijo:
-Perdona si soy osado,
pero me arriesgaría a apostar que no estás aquí solo por devoción.
Pedro sonrió y lo
miró:
-Creo que no te
equivocarías.
-¡Pedro, Pedro! ¿Se ha
ido ya ese chico?- Se escuchó la voz de Anselmo por los pasillos.
-Será mejor que te
acompañe a la salida. -le propuso Pedro a Azar mirándole con sus oscuros ojos
castaños.
Volvieron a andar por
los corredores y bajando escaleras, cruzando por un patio interior y llegando
al fin a la sala que daba al portón por donde había entrado.
-Puedes volver cuando
quieras, pero espero que la siguiente vez esto esté más calmado.-Se despidió
Pedro.
-Sí, yo también espero
volver.-metió la mano en su zurrón y extrajo una bolsita.- Tomá, se lo prometí
a Anselmo, es una contribución para el monasterio.
El novicio se guardó
el dinero y abrió la puerta para dejar salir a Azar que se paró en seco en la
puerta. En la puerta había una figura a pocos centímetros de él cuyos
penetrantes ojos azules lo escudriñaban. Se apresuró en desviar la mirada y
colocarse la capucha de forma que su rostro quedara oculto. Pasó junto al
hombre rozándole el musculoso hombro y después se percato de la presencia a sus
espaldas de un chico que hacía de escudero y de Juan.
Miró sorprendido al
chico y este se aligeró a seguirlo. Una vez hubieron estado lejos del
monasterio Azar miró incrédula a Juan.
-¿Quién es ese hombre?
- Le preguntó Azar al niño.
-Es un forastero, como
tú, me ha pedido que le acompañase hasta el monasterio.
Azar miró en dirección
al monasterio, << ¿por qué se ha quedado mirándome? Sabrá mi...>>
pensó Azar, un nerviosismo le recorrió el cuerpo y aligeró el paso hasta la
posada.
-¿No me vas a contar
lo que sabes? ¿Qué ha pasado?-Preguntó curioso el niño.
-Están llevando los
libros más valiosos a otra sala más segura, pero por lo que he podido ver es
muy difícil acceder al escriptorium. - Azar terminó de contarle todo, incluso
la conversación con Pedro.- No puedes contar nada de esto a nadie ¿de acuerdo?
Juan pensaba en quien
podría ser el culpable mientras asentía con la cabeza.
-¿Crees que ese
novicio puede haber robado el libro? Y ¿qué te ha pasado al ver a ese hombre?
Ni el mismo Azar sabia
que le había pasado al verlo pero por algún motivo le sonaban mucho aquellos
ojos azules...
-No creo que ese chico
sea el que ha robado el libro aunque nunca se sabe. Sobre lo de aquel hombre...
tengo la sensación de conocerlo.
Llegaron al fin a la
posada cuando la noche empezaba a caer.
-Juan, ¿por qué no le
llevas algo a mi caballo?-Sugirió Azar y el niño salió corriendo hacia las
cuadras.
Azar entró en la
posada y la estampa era como la de la noche pasada, la chica sirviendo platos y
bebidas mientras los hombres apostaban, cantaban y bebían. Subió sin ni
siquiera pararse en la entrada, lo único que le apetecía era descansar y
pensar. Entró en su habitación y solo al asegurarse de que la puerta estaba
cerrada se quitó la capucha. Se sacó las botas sin mucho cuidado y el cuchillo
que llevaba en una de ellas cayó al suelo tintineando. Se quitó los pantalones
y la ancha camisa y la dejó doblada encima de la cama, buscó en su zurrón una
muda más limpia y se introdujo dentro de los nuevos pantalones. Estaba de
espaldas a la puerta y no percibió la alta figura que penetraba en su
habitación, solo cuando la puerta se cerró de nuevo, notó la presencia del
intruso y se metió deprisa la camisa para girarse y poder ver al hombre de los
misteriosos ojos azules, era mucho más alto que Azar, por no hablar de su
musculatura.
-Tranquilo, solo
quiero hablar.-Dijo el intruso.
-No creo que la mejor
manera para que alguien te preste atención sea entrar a hurtadillas en
habitaciones ajenas.-Respondió Azar que no podía evitar que le temblaran las
manos.
-Quizás no sea la más
educada, pero nunca falla. -sonrió el hombre- Mi nombre es Diego pero me llaman
Lobo ¿tú nombre?
-Los lobos no son muy
amistosos- puntuó Azar, tenía la horrible sensación de que Lobo lo escudriñaba
constantemente con la mirada y eso no mejoraba su situación, aun así no le
tembló la voz cuando dijo su nombre:
-Azar, me llamo
Azar.-Dijo mientras Lobo le ofrecía su mano.
-Un nombre singular el
de vos. Encantado.
-¿Puedo preguntar que
hacía en mi habitación?- Espetó Azar ante la sonrisa burlona de Lobo. Como acto
reflejo se enjugó su capa con ademán de protegerse del frío.
-Ni que fuera una
refinada dama, Azar, solo quería compartir información, no crea que es el único
que quiere saber qué ha pasado dentro de ese monasterio. - Azar apretó los
dientes ante ese comentario.
-¿Información? ¿Y qué
gano yo?- preguntó.
-Gana lo mismo que yo,
información, es justo ¿no?.- Lobo se sentó en el borde de la cama y comenzó a
contar su historia.-Digamos que vengo de la corte, ya sabe, no pasan muchas
cosas interesantes por allí y el rey solo
piensa en la forma de expulsar a los moros, si fura más listo y menos guerrero
e imbécil se daría cuenta de que podrían aportarnos mucho , apuesto a que has
estado en tierras árabes, ¿has visto sus avances en medicina o
agricultura?-Azar siguió mirándolo fijamente y asintió.- A lo que iba, que una
cierta mañana me escapé de la corte y escuché los versos que cantaba un
singular juglar que
se hacía llamar Florín. Nos contó lo sucedido por Toledo y el gran misterio que
provocaba, pues algunos de un fantasma cree que se trata.
-Y supongo que el
resto de la historia es que vino hasta aquí con ese chiquillo por escudero a
desvelar al culpable.
-Sí, digamos que
sí.-Sonrió.-Podríamos ser aliados, si gustas. - sugirió Lobo pero Azar no podía
fiarse de él.
-¿Qué es lo que
quieres saber?- Le preguntó.
-Si sabes si los
monjes saben algo acerca de quién pudo robar ese códice.
-No, solo sé que
quieren que las cosas sigan con discreción, no quieren alterar al pueblo. Tu
turno- dijo al acabar.
-Es una conducta
bastante lógica, que alguien entre en un monasterio robe un códice tan
importante como ese y salga sin problemas le quita prestigio a cualquier
monasterio.-Sonrió de forma picarona y Azar se dio cuenta de que sabía cuál era
el códice robado.
-¿Qué sabes del libro
que han robado?
-Es una copia de un
manuscrito griego de medicina escrito por Alcmeón de Crotona. O al menos eso me
han dicho en el monasterio. Supongo que se estarán llevando los libros a una
cámara más segura ¿sabes a cuál?
Algo golpeó a Azar
como un mazazo y aunque sí que había visto que los libros eran llevados a una
cámara subterránea mintió.
-Los llevaban a una un
piso más arriba del escriptorium.- Se creó un incómodo silencio en la
habitación, tras de los cristales podía verse que empezaba a llover.- Si no te
importa, me gustaría descansar. Mañana tengo pensado madrugar y...
-No hacen faltas
explicaciones, yo también debería irme, hasta mañana.- Dijo mientras se dirigía
a la puerta que cerró tras mirar de arriba abajo a Azar. En cuanto se cerró la
puerta este se acercó corriendo y pegó el oído, solo cuando no pudo seguir
escuchando las botas de Lobo cerró la puerta con la llave que Juan le había
dado la primera noche. Se metió las botas de cuero y volvió a introducir el
cuchillo en la derecha, ajustó más la capa y la capucha y esta vez sí cogió el
arco y las flechas. Abrió la ventana de par en par y estudió las probabilidades
de saltar de la ventana sin daños, pero estaba en el segundo piso y no le
saldría bien el salto. Por suerte descubrió un saliente un poco más abajo por
el que podría llegar fácilmente al suelo.
Cuando estuvo seguro
de que nadie pasaba por la calle salió de la ventana y se agarró del saliente
con una mano mientras con la otra buscaba otro punto de apoyo, después solo
tuvo que saltar y llegó al suelo sin problemas.
Corrió hacia la calle
por donde recordaba haber ido al monasterio esa misma tarde, pero al ir a
correr chocó con alguien. Era Juan.
-¡Shhh! – le indicó
con un dedo que callara.- necesito que me acompañes sin hacer ruido.
El niño asintió sin
decir palabra y juntos echaron a correr calle arriba. Llegaron al monasterio
rato después, Azar empezó a escudriñar las ventanas y la suerte acudió a su
llamada, la figura de Pedro se distinguió en una de las ventanas del segundo
piso. Cogió una piedra y apuntó a la ventana pero falló, Juan lo intentó y
entonces si que dio en el blanco. El novicio se asomó a la ventana y gritó:
-¿Qué quiere a estas
horas?
-Necesito que me
ayudes, es importante ¡baja por favor!- sin darse cuenta Azar empezó a tutearlo
pero puesto que en su mente se colapsaban las ideas a Pedro no le parecía
importar lo pasó por alto. Poco después el gran portón se abría y Pedro
aparecía mirándolo con ojos adormilados, con el pelo revuelto y una vela en la
mano.
-¿Qué pasa? ¿Por qué
tanta prisa?-preguntó
-Necesito que me digas
que libro fue robado.-le apresuró.
-Lo siento, me
gustaría decírselo pero ni yo mismo lo sé, solo fray Anselmo sabe esa
información.-Dijo con cara apenada el joven.
-¿Quién ha recibido al
hombre de los ojos azules?-Siguió preguntando.
-¿El que vino después
de usted? No lo recibimos, no hemos recibido a nadie más que a usted. Por
cierto, ahora que recuerdo, si te sirve de algo, me pareció ver que faltaba un
libro en la sección de medicina.
-¡Cerrad la puerta!-
se escuchó decir a alguien dentro del edificio.
-Lo siento, me tengo
que ir, no sé nada más, hasta mañana.-Y después la puerta se cerró tras el
joven.
Juan zarandeó a Azar
que no respondía, tenía los ojos muy abiertos pues ahora todo encajaba ahora lo
recordaba todo...
El niño lo llevó hasta
un resguardo de la lluvia y lo volvió a zarandear.
-Ahora lo sé todo, eso
solo lo ha podido hacer Lobo, ahora recuerdo esos ojos azules que me había
mirado hace mucho tiempo atrás, esos ojos que tanto me habían impuesto...
Recuerdo como Lobo llegó a mi casa como huésped, como nos contaba todas sus
hazañas y aventuras, sus trapicheos entre diversos hombres muy importantes,
pero igual recuerdo que a la mañana siguiente de su partida dos de los collares
de mi madre y una antigua espada de mi padre desaparecieron.
El manuscrito lo ha
robado Lobo, y necesita algo más, por eso sabía cómo se llamaba el libro, por
eso tenía tanto interés en saber dónde estaban los demás manuscritos...
Juan intentaba entender
todo lo que Azar le contaba pero no entendía desde su mente infantil que un
lobo fuese capaz de hacer todo eso, sin embargo el brillo en la mirada de Azar
le decía que quería cazar al lobo que había robado el libro, por eso no pudo
evitar advertirle:
-Pero Azar, los lobos
de estas tierras son muy feroces, ningún hombre ha conseguido cazar ninguno.
Azar sonrió y con una
mano mojada por la lluvia se limpió la mitad del rostro que se volvió más
oscuro, y con rasgos más suaves, desvelando unos labios carnosos y rojos, acto
seguido se quitó la camisa, bajo la cual apareció un pecho vendado, pero un
pecho de mujer, Juan pudo ver como el cuerpo de hombre se trasformaba en una
delicada figura de mujer, de piel mulata y caderas redondas y suaves, cuyo
vientre era plano y en el cual un ombligo redondo estaba rodeado por un tatuaje
de color anaranjado.
-Si ningún HOMBRE ha
sido capaz de cazar un lobo, quizás yo juegue con ventaja.- Dijo Azar.
De las sombras, dos
ojos azules tomaron forma y se fueron acercando hasta que pudieron pertenecer a
un cuerpo a un cuerpo alto y musculoso de cabellos negros...
Juan señalaba con los
ojos muy abiertos hacia la penumbra, pero para cuando Azar se giró las manos de
Lobo ya sujetaban su brazo y un mechón de su cabello cortado a conciencia.
Mientras la agarraba con fuerza Lobo acercó su nariz al cuello de Azar que se
retorcía y forcejeaba, subió hasta su oído, oliendo su piel y cuando sus labios
rozaban su oreja le susurro tan bajo que sus palabras cortaban:
-Hola Azahara, ¿te
acuerdas de mí?
Azar intentaba liberarse de las garras de su captor, forcejeando e intentando patalear. Buscó su arco que había quedado fuera del alcance en el momento en el que se despojó de su camisa, la única opción que le quedaba era la daga guardada en su bota pero no tenía manera de llegar hasta ella. Por un instante vio como Juan planeaba algo y antes de que pudiera arriesgarse gritó:
-¡Juan!¡Vete, escóndete!
El niño corrió fugaz tras unos segundos de vacilación pero al pronunciar esas palabras las manos de Lobo se apretaron más sobre la mulata piel.
-Y eso que parecías una chica buena... ¿Te acuerdas de aquello que te dije? ¿Aun tienes eso que tanto tiempo atrás te di?- Lobo empezó de nuevo a susurrar a su oído pero Azar no quería seguir escuchándolo, quería zafarse de ese abrazo forzado y más aun al ver la espada colgada del cinto de Lobo.
Azar giró bruscamente la cara e intentó morder a Lobo en el labio, pero falló aunque el giro brusco hizo desestabilizarse a Lobo que debido al encharcado suelo calló llevándose consigo a Azar. Empezaron a rodar por el suelo mientras Azar notaba como el agua calaba su espalda desnuda. Liberó su brazo del de Lobo y rápida como el viento extrajo la daga de su bota y apuntó instintivamente a Lobo, aun sin saber si lo que quería era matarlo. Apoyó un pie en el suelo que hizo que pararan de rodar, quedando Azar sobre Lobo, apuntando con el cuchillo a su pecho. Azar sabía que no aguantaría mucho sin que su contrincante se apoderara del arma y la usara en su contra, pero necesitaba pensar en que debía hacer; ese simple instante de vacilación le dio la victoria a Lobo.
-¿Crees que puedes vencerme mujer?- Dijo Lobo siendo el ahora el que estaba sobre Azar. Manipulaba la daga con fluidez apoyándola en la mejilla de Azar.- Sigues siendo igual de curiosa y arrogante, ya te dije cuando te conocí que seríamos un gran equipo... y aun sigo esperando una respuesta.
Azar giró bruscamente la cara para desviar la vista de esos ojos azules que la observaban. Estaba tiritando por el frío y apretaba las mandíbulas en signo de abstinencia. De repente el peso que estaba sobre ella se esfumó y se encontró libre. Instintivamente se encogió sobre sí misma esperando el golpe de gracia quizás, pero este no llegó y Azar se atrevió a abrir los ojos. Lobo le tendía la mano como ayuda para levantarse.
Reacia a la invitación se levantó sola con un poco de dificultad pues notaba un agudo dolor en el pie izquierdo. Buscó su camisa y la encontró junto a su capa, su arco y sus flechas. Se dirigió hacia ellas intentando no cojear, intentando no parecer débil. Se vistió y se abrigo todo lo que pudo. Aun no sabia porque Lobo la había dejado libre pero más le sorprendió encontrarlo de pie junto a ella, esperándola.
Juan había llegado a la posada y entre todo el tumulto de gente intentó llegar hasta su padre para pedir ayuda. Casi había llegado, podía ver la figura rechoncha que servía platos y llenaba jarras, pero en el momento que las palabras estaban a punto de salir de su boca la puerta se abrió de par en par.
Una figura alta que el niño ya bien conocía entró a la posada y Juan intentó esconderse como pudo detrás de una silla. Volvió la mirada hacia la puerta para ver si el peligro había pasado pero su sorpresa fue enorme cuando tras el alto hombre vio aparecer otra figura más menuda y encapuchada. Pensó que lo mejor sería esperar a que las cosas se calmaran, hasta poder saber si su antiguo socio, o más bien, socia, le verificara que todo estaba bien.
Azar escondía todo lo que podía su rostro bajo la capucha, pues ahora que el maquillaje había desaparecido corría el riesgo de que alguien la identificara como mujer. Se adelanto a los pasos de Lobo el cual miró a su joven escudero que lo aguardaba en una silla de la estancia. El aligerar el paso no ayudó en nada a disimular el dolor de su tobillo y apretando los dientes subió las escaleras deprisa hasta llegar a su habitación. En cuanto intentó girar el pomo se percató de que antes de ir al monasterio había dejado la llave echada por el interior. Frente a esto calló al suelo de impotencia y cansancio, recogiendo sus piernas y apoyando la frente sobre su rodilla. Los ojos empezaron a pesarle cada vez más y más, hasta que el cansancio pudo con ella y calló sumida en un intranquilo sueño, allí frente a la puerta de su habitación.
Un rayo de sol acarició su mulata piel haciendo que poco a poco abriera los ojos hasta encontrarse tumbada en la cama de la habitación en la posada, con la capa doblada a su lado y la ventana entre abierta. Por un momento pensó que todo lo sucedido ayer había sido un mal sueño pero cuando se fue a levantar el dolor la trajo a la realidad. Su tobillo no había mejorado en absoluto y la caída y el forcejeo de ayer le había provocado alguna que otra magulladura y corte en la espalda y los brazos.
No tenía hambre por lo cual se puso su capa otra vez y maquilló su cara con polvos blancos que disimulaban sus facciones y ocultaban su tono de piel. Ni siquiera se molestó en cambiarse de ropa ni coger el arco y las flechas. Necesitaba que alguien le echase un vistazo a su pie, y el único lugar que conocía era el mismo donde anoche sucedió todo. El monasterio.
Llegó momentos después al edificio. Nadie paseaba por las calles de Toledo ,sin embargo, cuando con ayuda de un bastón improvisado Azar llegó hasta el portón pudo escuchar bullicio a través de la puerta.
Tocó una , dos veces y esta vez un monje le abrió la puerta al instante.
-Buen, hombre ¿podría ayudarle en algo?-Le preguntó el monje. Azar asintió despacio y explicó su circunstancia. Poco tiempo después era conducida por el agradable hombre a través del jardín interior, hasta un cuarto lleno de botes y estantería donde varias camas vacías estaban alineadas.
-Espere aquí un momento, Un monje vendrá a curarle.
Se sentó en una de las camas y descansó el pie. La puerta estaba abierta y daba a un hermoso huerto cuidado y mimado. La atmósfera era casi mágica, el olor del jazmín, el romero y el tomillo se mezclaban juntos en la sala mientras que unos rayos de sol se filtraban lamiendo la piel de Azar.
Miró curiosa algunos monjes que se arrodillaban en el huerto plantando verduras y regando algunas plantas. Entonces desde lo lejos divisó un novicio que ella ya bien conocía. Desvió la mirada. No sabía si quería que fuera el quien la curase, aunque por otro lado no le importaba en absoluto hablar con él. De todas maneras Pedro parecía ser el monje que debía curarla.
-¿Usted aquí otra vez?- le dijo educadamente el novicio sonriéndole. Llevaba el hábito algo sucio debido a la tierra, pero su rostro desprendía luz.
-Ayer resbalé debido a la lluvia y me lastimé el tobillo.- Mintió Azar. Pedro se arrodilló y examinó su pie haciendo varios movimientos. Con cada movimiento la cara de Azar se contraía en una mueca de dolor.
El chico se levantó del suelo y se dirigió a una de las numerosas estanterías, cogiendo algunas hierbas, aceites y vendas. Trató y vendó el tobillo lastimado mientras él y Azar comentaban distintas obras de diversos hombres de letras.
El calor a media mañana se hacía de notar y Azar acabó por quitarse la gruesa capa granate quedándose solamente con su ancha camisa, manchada en algunos lugares de pequeñas gotas de sangre. Eran las heridas de la caída de anoche, meros rasguños que a penas habían sangrado, lo que realmente le dolía a Azar eran los cardenales de la espalda, sin embargo las simple manchas bastaron para levantar las preocupaciones del joven.
-Deje que le mire también esas heridas.-dijo acercándose e intentando levantar peligrosamente la camisa, acto que Azar detuvo.
-¡NO!no.. no es nada, no es necesario.- Casi gritó Azar.
-Insisto, no tardaré na...-EL novicio había sido más rápido que ella y había levantado lo suficiente la camisa como a parte de ver los pequeños cortes y los numerosos cardenales, pudiera ver el pecho vendado y abultado que escondía la camisa. No acabó si quiera la frase mientras se alejaba de ella, susurrando cosas que Azar no entendía. Cerró la puerta que daba al patio y echo el pestillo. Azar nerviosa cerró los ojos y suspiró. Llevaba dos años viajando por toda España vestida como hombre y nadie había sospechado, sin embargo, dos días en Toledo le habían supuesto un desagradable reencuentro, magulladuras y que tres personas supieran su secreto, haciendo peligrar tanto su mentira, como su propia seguridad.
El nerviosismo empezó a atacar al joven cuyas manos temblaban. Se dirigió al fin a Azar, sonrojado por un pudor repentino y a la vez enfadado:
-¡¿Pero qué has hecho?!- dijo el novicio.
-No se lo dirás a nadie ¿verdad? - eludió la pregunta Azar.
-Pe-pero... ¿estás loco? Q-que diga loca...¿Sabes lo que te puede pasar si te descubren? ¿Por qué lo has hecho? - Empezó a tartamudear, temiendo que la mentira acarrease mayores males que los que imaginaba. Pero Azar había estallado en una convulsión de pensamientos que se chocaban unos entre otros en su mente y temiendo que la pregunta que tantas veces se había hecho a si misma en un pasado volviese a martirizarla.
-¡¿Sabes todo lo que me ha pasado por hacerlo?! ¿Todo lo que he visto? ¿todo lo que he aprendido, lo que he leído? Lo he hecho por exactamente lo mismo que tú, porque el ansia de saber también corre por mis venas. Porque estaba harta de ser “mujer” y todo lo que eso conlleva.
Pedro se había quedado sin argumento,sin saber que decir hasta que unas palabras brotaron de sus labios, livianas como el agua:
-Pero hay otras opciones...- su cara ya no era de enfado.
Azar se levanto aun cojeando y se dirigió a la puerta ignorando si Pedro estaba dispuesto a guardar su secreto. Abrió la puerta y cuando su figura se recortó contra el sol dijo si girarse:
-Dime una sola opción...-Por respuesta solo obtuvo el silencio. Estaba cada vez más harta de las idealizaciones sobre las personas, de los límites que marcaban tu piel o tu sexo, estaba harta de someterse en un mundo lleno de leyes. Por eso, a modo de despedida, quizás definitiva solo dijo- Lo suponía... ¿Cuántas mujeres hay en este monasterio Pedro?
Sin más la puerta se volvió a cerrar con un portazo.
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